III Jornadas de Medio Ambiente de Jinámar 19-20 de Noviembre 2025
Ponencia: El paisaje cotidiano

El árbol como símbolo y sistema
Desde la antigüedad, el árbol ha representado vida, sabiduría y conexión espiritual. El «Árbol de la Vida», presente en culturas tan dispares como la mesopotámica, la nórdica o la maya, simboliza la interconexión de todos los elementos del universo. Pero también, el árbol es una máquina biológica prodigiosa: regula el clima, almacena carbono, purifica el aire, retiene agua y da hogar a millones de especies.
Hoy sabemos que un solo árbol maduro puede absorber alrededor de 20-22 kg de dióxido de carbono al año y liberar oxígeno suficiente para dos personas, aunque esta cifra depende de la especie, la edad, el clima y las condiciones de crecimiento.
El árbol es, en muchos sentidos, una de las metáforas más completas del cuidado, del tiempo lento, de la interdependencia.
El paisaje cotidiano, lo que miramos pero no vemos
En nuestras ciudades y barrios existe un paisaje que está presente todos los días, pero que rara vez se nombra, se piensa o se valora: el paisaje cotidiano. Es ese escenario que transitamos casi de manera automática, el que nos envuelve cuando vamos al trabajo, al colegio o al supermercado. Y sin embargo, a pesar de su aparente invisibilidad, este paisaje moldea nuestra salud, nuestro estado de ánimo y nuestra forma de habitar el mundo.
El paisaje cotidiano está formado por un conjunto de elementos materiales y simbólicos que se entrelazan en cada calle, plaza o acera: el árbol urbano que nos da sombra, el banco donde alguien descansa, los jardines cuidados (o abandonados), las fachadas de los edificios, la limpieza de las aceras, las vallas publicitarias, los colores, los olores, el ruido… Todo habla, todo influye.
Lo que parece secundario —»la estética urbana»— no es un adorno, sino un componente esencial de nuestro bienestar. Según la Organización Mundial de la Salud, las ciudades con mayores porcentajes de zonas verdes presentan una menor incidencia de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y mentales. Vivir en entornos amables, cuidados, verdes y equilibrados mejora la salud mental, reduce el estrés, aumenta la cohesión social y estimula la convivencia. Por el contrario, un entorno degradado, sucio o invadido por el ruido y la contaminación genera malestar, apatía y desconexión.
Se ha demostrado que los niños que crecen en barrios con más vegetación tienen un desarrollo cognitivo más sólido y una mayor capacidad de atención. Las personas mayores que viven cerca de zonas verdes presentan niveles más bajos de ansiedad y depresión. Incluso las estadísticas sobre violencia urbana disminuyen en zonas donde el entorno está más cuidado y es más bello. No es casual: el paisaje que habitamos moldea nuestros vínculos, nuestro comportamiento, nuestra percepción del mundo.
Una responsabilidad compartida

La Asociación para la Defensa del Árbol y el Paisaje de Gran Canaria (ADAPA) lleva más de una década comprometida con la protección, mejora y visibilización del paisaje, con especial énfasis en ese paisaje cotidiano que muchas veces pasa desapercibido. Nuestro enfoque no parte solo de la defensa de lo natural, sino también de lo cultural, lo sensible y lo urbano. Entendemos que el árbol urbano, no es mobiliario, no es solo una planta: es un ser vivo que nos ofrece frescor, belleza, oxígeno, refugio. Es también un símbolo de comunidad, de memoria y de pertenencia.
Desde ADAPA promovemos una mirada más consciente y comprometida con el entorno urbano, impulsando iniciativas que invitan a observar, valorar y proteger el paisaje que compartimos. Hemos incidido mucho con estos valores ante todas las administraciones públicas con más o menos resultado. Pero no todo depende de las administraciones. También nosotros, como ciudadanos, tenemos una responsabilidad. Nuestras conductas, hábitos y formas de movernos por la ciudad afectan al entorno. Tirar basura, no cuidar los jardines comunitarios, ignorar el deterioro de los espacios públicos… son formas de abandono cotidiano. En cambio, plantar, limpiar, observar, hablar, defender lo que nos rodea, son actos de ciudadanía activa.
Cada pequeño gesto cuenta. Un saludo compartido en la calle, una flor en la ventana, una conversación con el vecino, la decisión de no aparcar sobre una raíz, de no podar a destiempo, de dejar crecer la sombra… todo forma parte del paisaje cotidiano que construimos juntos.
El paisaje como ecosistema social
El paisaje no es algo que simplemente “está ahí”. Es algo que hacemos cada día. Y como tal, puede ser un ecosistema hostil, agresivo, triste… No puede ser un lugar de encuentro, de belleza, de salud. Todo depende del cuidado que le prestemos, de la atención que tengamos y de la educación que compartamos.
Las ciudades no son solo infraestructuras. Son organismos vivos. Y como tales, respiran, sufren, se expanden, necesitan descanso y también cuidado. Un entorno urbano puede ser una escuela de ciudadanía o una fábrica de indiferencia. El espacio público bien diseñado, mantenido y compartido tiene el poder de regenerar vínculos y activar memorias colectivas. En cambio, la fragmentación, el abandono o la agresión visual de ciertos entornos urbanos genera apatía, deterioro e incluso miedo.
Un dato ilustrativo: según la Agencia Europea de Medio Ambiente, los ciudadanos europeos pasan más del 90 % de su tiempo en entornos urbanos construidos. En este contexto, la calidad de lo cotidiano se vuelve crucial. Afortunadamente comenzamos a escuchar voces que hablan de renaturalizar el paisaje urbano, esto implica reintegrar elementos naturales en entornos urbanos que, con el tiempo, se han vuelto excesivamente artificiales, duros o desconectados del medio ambiente. Esto puede incluir:
- Plantar más árboles en calles y plazas
- Crear corredores verdes o jardines verticales
- Dejar espacios permeables para el agua de lluvia
- Rehabilitar barrancos, playas o suelos urbanos
- Sustituir superficies asfaltadas por vegetación
- Favorecer la biodiversidad (plantas autóctonas, polinizadores)
Cuidar lo común, recuperar el sentido de pertenencia

El paisaje cotidiano también es identidad
El paisaje cotidiano también es identidad. En cada barrio, en cada pueblo, hay una forma particular de habitar, de relacionarse, de caminar. Recuperar esa singularidad, esa memoria de lo vivido, forma parte del proceso de mejora del paisaje. No se trata solo de embellecer, sino de reconocer y potenciar lo que ya está: un árbol antiguo, una piedra con historia, una vista que emociona, una plaza que convoca.
Cuidar el paisaje es también una forma de construir comunidad. De recuperar el sentido de pertenencia. Y eso solo se logra cuando lo público se percibe como propio. Cuando sentimos que lo que hay en la calle también nos pertenece, también nos representa, también nos cuida.
Sintetizando, se trata de una mirada que cuida
En esta etapa histórica donde las crisis climáticas, sociales y de salud se entrelazan, pensar el paisaje cotidiano no es un lujo ni un capricho estético. Es una necesidad. Creemos que el futuro de nuestras ciudades se juega tanto en los grandes proyectos como en las pequeñas decisiones: plantar un árbol, mantener una plaza limpia, respetar la sombra, proteger una vista, imaginar un barrio más amable.
Desde ADAPA seguiremos defendiendo esa mirada profunda y consciente sobre lo cotidiano. Sabemos, y nos anima y alegra que hay muchos colectivos como el que hoy nos convoca a estas jornadas en este populoso barrio de Jinámar, que también proyectan una mirada que no se conforma con lo que hay, sino que sueña con lo que puede ser. Porque solo cuando aprendemos a mirar, aprendemos también a cuidar.
Esteban Rodríguez García
Adapa – Asociación para la Defensa del Árbol y el Paisaje de Gran Canaria
